By Orna Ben Dor

Traducido por: Nuria Nuñez Pascual

Por un lado Steiner nos enseña que el egoísmo es la fuente de todo mal en el mundo, pero por otro lado afirma que el logro de la independencia y la confianza en uno mismo requiere una violación de los principios morales socialmente orientados y la adopción del egoísmo.  Este artículo explora porqué el mal es necesario y fundamental para el desarrollo.

Orna Ben Dor

Steiner argumenta que en cada época hay unos pocos que hacen avanzar a la humanidad.  Estas personas continúan reencarnando y asumen diferentes roles.  En la transición entre la Época Atlante y nuestra época, un cierto grupo de personas sobrevivió a la catástrofe referida en la Biblia como el “Diluvio”.  Este grupo generó una nueva civilización.  Steiner creía que en el futuro, al final del “Periodo Post-Atlante”, estallaría una “Guerra de todos contra todos”.  El Apocalipsis, la guerra del bien contra el mal, será librado por aquellos que ahora están siendo entrenados.

Solo aquellos que no son de corazón blando ni ingenuos pueden asumir ese papel.  Aquellos que no están familiarizados con el mal no pueden pertenecer a este grupo y, según la fe antroposófica, el entrenamiento para esta parte decisiva ha comenzado ya en anteriores vidas. Este grupo relacionado con el karma a menudo participa en eventos históricos decisivos, por ejemplo, guerras, cruzadas, etc. “La característica común de todo mal no es otra cosa que el egoísmo”, afirma Steiner, y añade que: “Todo mal humano se origina del egoísmo”.1.

“… Todo el mal humano procede de lo que llamamos egoísmo.  En todo el ámbito y rango de “mal”, desde el más pequeño descuido hasta el crimen más serio, ya sea que la imperfección o el mal se origine en el cuerpo o en el alma, el egoísmo es el rasgo fundamental que subyace en todo … y que el camino que conduce más allá del mal aquí en el mundo físico es aquel sobre el que combatimos el egoísmo.”1

De hecho, Steiner declara, inequívocamente, que la fuente de todo mal está en el egoísmo y que el mal sólo puede ser conquistado a través de una lucha contra el egoísmo.  Sin embargo, inmediatamente después de esta firme declaración, Steiner presenta el problema que esto incorpora:

“Junto con esta realización debemos admitir otra que nos confronta en nuestra investigación espiritual como algo de naturaleza bastante inquietante. Porque cuando examinamos las facultades y capacidades que necesitamos desarrollar para elevarnos al mundo del espíritu, a los mundos que sólo podemos percibir en estado incorpóreo, cuando consideramos los ejercicios anímicos que debemos practicar para ascender a este mundo, encontramos que cualidades y características bastante particulares deben fortalecerse en el alma.  Éstas son aquellas que en el mundo sensorial hacen que el alma sea más fuerte, más independiente y autosuficiente. En otras palabras, las cualidades que en el mundo físico-sensorial aparecen como egoísmo deben, en realidad, fortalecerse e intensificarse para permitirnos ascender al mundo del espíritu.”2

Por lo tanto, nos encontramos con una paradoja.  Por un lado encontramos la afirmación de que el egoísmo es la fuente del mal del mundo, el ser humano se centra en sí mismo, ignorando al “otro” como un “yo”, violando así los principios éticos. Por el otro, Steiner argumenta que, para alcanzar la fortaleza mental, independencia y sentido de autoestima, una persona debe necesariamente desobedecer los fundamentos del altruismo y volverse egoísta:

“En su sentido literal, el egoísmo es la característica que impulsa al hombre a priorizar su propio beneficio y la mejora de su propia personalidad, mientras que su opuesto, el altruismo, tiene como objetivo poner las facultades humanas al servicio de los demás, de hecho, del mundo entero.”2

La paradoja del “Yo”, definida por Steiner como una espada de doble filo, es crucial ya que toca precisamente el punto de encuentro entre el desarrollo y la petrificación:

“Por un lado este “Yo” es la causa de que el hombre se endurezca dentro de sí mismo, y de que desee poner al servicio de su “Yo” sus capacidades interiores y todos los demás objetos a su disposición […] Pero por el otro lado no debe olvidar que el “Yo” es al mismo tiempo lo que le da al hombre su independencia y su libertad interior, lo que en el sentido más verdadero de la palabra lo eleva. Su dignidad se fundamenta en este “Yo”, es la base de lo Divino en el hombre.”3

Examinemos ahora algunos aspectos del egoísmo que Steiner no planteó: ser reacio a dar o compartir con otros, mezquindad (incluso con respecto a necesidades menores), esforzarse por alcanzar nuestros propios objetivos, independientemente del precio que otros puedan tener que pagar, un sentido de superioridad, sentimiento de tener derecho a algo, arrogancia, explotación de otros, fanatismo y ambición extrema, tanto material como espiritual, a menudo a expensas de los demás.  Algunos de estos rasgos se pueden encontrar en personas de talla, con una misión espiritual, que inicialmente pueden haber avanzado precisamente debido a estas características.

Para describir la contradicción entre el valor moral problemático del egoísmo y su necesidad, Steiner ofrece la alegoría de una rosa:

“La planta obtiene todo lo que necesita para crecer; no pregunta por qué o para qué; florece porque florece y no le importa a quién pueda interesar.  Y, sin embargo, es al extraer sus fuerzas vitales y todo lo que necesita de su entorno que la planta adquiere aquello que ella pueda tener y que resulte valioso para su entorno y finalmente para el hombre.  De hecho, alcanza el grado más elevado de utilidad que pueda ser imaginado para un ser creado, si pertenece a esos reinos del mundo de las plantas que pueden servir a los seres superiores. Y ahora será una banal trivialidad repetir aquí un dicho familiar, aunque se ha citado tan a menudo: Cuando la rosa se adorna, ella adorna el jardín.”2

El ejemplo de la flor, por lo tanto, enfatiza el beneficio mutuo de extraer de nuestro entorno y devolverlo. Cada acto de dar comienza con un canto de recibir, extraer recursos de nuestro alrededor para crecer y expandirnos. Incluso las jerarquías espirituales que aspiran a la donación pura estuvieron alguna vez en el extremo receptor. Esto puede verse como la etapa egoísta en el que “miramos hacia arriba a las alturas espirituales, a los seres sobrehumanos, y éstos se vuelven cada vez más y más poderosos”.  Este poder, argumenta Steiner, se adquiere por el hecho de que: “exigen algo del mundo, y que después se desarrollan hasta el punto que ellos mismos tienen algo para dar”. Por lo tanto, concluye: “todo el significado y el espíritu de la evolución se basa en el hecho de que pasamos de coger a dar”.3

La historia está repleta de personas orientadas espiritualmente que mostraron tendencias egoístas y cometieron actos inmorales para obtener sus objetivos. De hecho, se debería asumir que las herramientas importantes para el beneficio de la humanidad se obtienen a menudo violando los códigos morales y son aplicadas por aquellos con una misión espiritual. Por ejemplo, un niño rebelde, obstinado, egoísta, que “hace pasar un mal rato a sus padres” y no es obediente ni se comporta bien puede verse como alguien que crea herramientas importantes para un futuro espiritual.

 

Criterios resultantes.

Las acciones poco éticas que finalmente beneficiaron al mundo sólo pueden reconocerse en retrospectiva. Por ejemplo, en la historia bíblica, Rebecca, que desea que su hijo Jacob reciba la primogenitura, ideó un complot para permitirle quitársela de su hermano, Esaú. El hecho es inmoral, pero esencial para la historia del pueblo de Israel y la humanidad en general. Además, el rey David envió a Urías a morir en la batalla porque codiciaba a la esposa de este último, Betsabé. Natán el Profeta reprendió a David por su pecado, pero esa fechoría cedió el paso a Salomón, un rey sobresaliente y el hombre más sabio que jamás haya vivido.

Otro ejemplo famoso es el de Sócrates, uno de los filósofos griegos más destacados y uno de los principales fundadores de la filosofía occidental, considerado un pecador. De hecho, de acuerdo con las normas de la Antigua Grecia, corrompió a los jóvenes inculcándoles ideas inaceptables y promoviendo la herejía. Es importante tener en cuenta que los actos inmorales no quedan impunes. Según la sabiduría kármica, cada acto es recompensado. Debe tenerse en cuenta, al mismo tiempo, que cuando un individuo comete malas acciones, adquiere habilidades que eventualmente pueden conducir al desarrollo espiritual y a la entrega.

Por supuesto, esta complejidad moral no exige un estado de anarquía ética. La moral es fundamental para la sociedad humana: cuando se desarrolla el “Yo”, la moral surge natural y libremente. Esta es la moralidad que todavía tiene que llegar que no surge del deber sino que emerge del amor. Como enfatiza Steiner, “alcanzamos los principios éticos más altos y somos capaces de entenderlos sólo al final de nuestra búsqueda de la sabiduría”. Como además afirma: “las comunidades y actividades morales y sociales no pueden existir sin ética o moral …”4

Yo primero

Los atributos morales que se desarrollan prematuramente, como dar, sacrificar, etc. pueden debilitar al yo. El altruismo que tiene como objetivo agradar o cualquier entrega que busque evitar un encuentro con el yo puede parecer positivo, pero finalmente reduce al yo como: “todo lo que hace que un hombre se esfuerce por perder su “Yo” y disolverlo en una consciencia universal, es el resultado de la debilidad “.5

Muchos se unen al colectivo que promueve los valores éticos por miedo y odio al mal, renunciando así a sus “yoes” en beneficio de los ideales generales. Cada colectivo en esencia incorpora los ideales de un yo individual a los de un yo colectivo. Este último constituye una isla de virtud absoluta, a veces para evitar el mal. Por lo tanto, se crea un mundo que es aparentemente benevolente, pero el mal no desaparece. Por el contrario, a menudo es monstruoso, debido al hecho de que no se trata. Esta postura puede verse en los regímenes fascistas y comunistas, y alcanzó su punto álgido en el nazismo. También se puede encontrar en grupos más pequeños, por ejemplo, sectas, comunas y clanes. Sin embargo, aquellos que atraviesan el mal, lo digieren y lo sobrellevan, eventualmente son inmunes y pueden resistir la malevolencia. Para enfrentar la maldad en el exterior, un individuo debe primero encontrar el mal dentro de sí mismo. El triunfo exitoso sobre el mal interior genera una mayor benevolencia. De hecho, Steiner afirma que la capacidad de vencer el mal produce humanos mejores: “No debes pensar que el mal no forma parte del plan de la creación”, escribió, “está ahí para que a través de él pueda venir el bien mayor.”5

Steiner compara a una persona que se adhiere a la moral existente y predica altruismo con un mono que entra en una habitación fría y exige que se encienda la calefacción, sin comprender lo que requiere de él y sin comprender la necesidad real. Al igual que el mono, que no considera calentar la habitación, los seres humanos no comprenden actuar por altruismo, incluso si se les ordena que lo practiquen una y otra vez.

El verdadero mensaje no es transmitido por concepciones o predicación, sino como parte de la experiencia humana de pertenecer al mundo. Después de estar formado por los recursos del mundo, es decir, después de la etapa egoísta, el individuo da un giro brusco y aplica estos recursos hacia una comprensión benévola y beneficiosa del mundo y hacia una entrega aumentada: “Por lo tanto, el hombre cumplirá mejor su existencia si se aprovecha lo máximo posible del mundo exterior y hace suyo todo lo que pueda florecer y dar fruto en sí mismo “.2

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* Si no se dice lo contrario, todas las citas fueron extraídas del archivo on-line de Rudolf Steiner.

1 “La Ciencia Espiritual como un Tesoro para la Vida”. El Mal. Conferencia VI.S-2871.1914.

2 “La Metamorfosis del Alma”, “Caminos de Experiencia”, Vol. 1, Conferencia 7: El Egoísmo Humano. Berlín, 25 de noviembre de 1909.

3 “Las Jerarquías Espirituales, su Reflejo en el Mundo Físico”, GA 110, Conferencia 4.

4 “La Base Espiritual de la Moral”. Conferencia I. 1912.S-2600.

5 “La Apocalipsis de San Juan”, Conferencia VIII. GA 104.

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